A propósito del post La memoria en el suelo, publicado donde los chicos y chicas de LaRepública, recordé una notable conversación con el profesor Pablo Oyarzún en la que me contaba sobre la provocadora obra de un artista alemán (ahora se que se llama Horst Hoseisel) que lleva años realizando y proponiendo controvertidos memoriales a las víctimas del holocausto judío en Alemania. Obras que él llama Denkezeichen o Marcas de la Memoria, que se oponen a la tradicional idea del monumento grandilocuente.
Una de las principales y más reconocidos Marcas de la Memoria de Hoseisel es la Fuente Negativa de Aschrott, ubicada en la ciudad de Kassel.
En la plaza de dicha ciudad existió una fuente gótica de 12 metros de alto, donada por el rico empresario judío Sigmund Aschrott. En 1939, la fuente fue destruida por fuerzas nazi debido a su reconocido origen semita. Un par de años más tarde, Kassel sufrió la pérdida de más de tres mil hombres, mujeres y niños, quienes fueron exterminados en campos de concentración.
Una vez instalados en la anormalidad de la post-guerra, el lugar fue convertido primero en una plaza con pastito y flores, y luego se construyó una nueva fuente. El resultado: nadie recordaba exactamente qué había sucedido con la fuente gótica ni mucho menos quién era Sigmund Aschrott. Y sobre el holocausto, no había referencia ni memoria alguna. Y es aquí donde surge la obra de Hoheisel, en este espacio del olvido.
En el año ‘86 presenta una propuesta a la alcaldía de Kassel: la reconstrucción negativa de la fuente de Ashcrott, hundiéndola a 12 metros de profundidad en el mismo lugar donde fue destruida, como manifestación de una herida abierta en la ciudad. La propuesta causó una polémica importante, pero con el apoyo del alcalde de la época se pudo construir y la fuente negativa se convirtió inmediatamente un lugar de reflexión y de conflicto.
Para Hoseisel, “los monumentos dicen mucho más de nosotros mismos que de las víctimas y su historia (…) por eso la fuente negativa parece no gustarle mucho a los habitantes de Kassel”, pero no hay duda que cumple con su función de mantener/instalar/perpetuar la memoria. Ahora todos en la ciudad conocen la historia de la fuente, todos conocen quien era Sigmund Aschrott, todos conocen lo que sucedió en los campos de exterminio.
Como él dice, sus Marcas de la Memoria son siempre monumentos en los que la gente tiene que bajar la cabeza y reflexionar sobre la historia. Busca rescatar las huellas antes de que se terminen de desvanecer, en lugar de construir grandes moles de mármol y bronce, que por más grandes que sean se vuelven invisibles, se olvidan.
Y aquí es donde la idea de T. me parece genial. Con simples huellas, con simples hitos instalados en nuestros espacios cotidianos, se hace mucho más por no olvidar nuestros horrores que con los grandes monumentos que la oficialidad levanta aparentemente con el mismo fin.
Esperemos que se puede materializar. Imagino que la tarea de convencer al alcalde Labbe (o a quien corresponda) puede no ser un trabajo fácil, pero vale la pena intentarlo. Los crímenes de José Manuel Parada, Manuel Guerrero y Santiago Nattino merecen no ser olvidados. Cada uno de nosotros debiera ser responsable que la memoria de los crímenes ocurridos los vuelva irrepetibles.
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Imagen cortesía de wikipedia.de publicada bajo los términos de la Licencia de documentación libre GNU
Fuentes: wikipedia.de, Laura Malosetti en Clarín.com, Foro sobre Arte y Memoria de la Facultad de Filosofía de la UBA, entre otros.
Obviamente, simenon.cl funciona con WordPress y muchos más obvio que todo está licenciado con
creative commons.chile. Template Simenon, gentileza de la Oficina de Asuntos Graficos
tienes razón … había leído del arquitecto en una Revista Ñ … me parece genial. Mucho mas simbolico, mas ciudadano, mas participativo. Más democrático, en el fondo.
Es un giro a la forma de ver las cosas.
La grandilocuencia en los monumentos puede ser un desastre, se me viene a la cabeza el monumento a los indìgenas de la Plaza de Armas: cuàntos no lo entendieron, cuando pasamos por ahì pensamos en el pueblo mapuche??, no lo creo. Quizàs bastarìa con que los monumentos dejaran de tener tantos objetivos por sì mismos, porque una vez puestos en la calle son de todos, y las interpretaciones que sobre ellos tengamos seràn múltiples.
Creo que da para mucho. Super interesante el trabajo del alemàn.
Que difícil es el recuerdo cuando, solo se quiere olvidar, cuando estamos constantemente queriendo dar vuelta la pagina, sobre todo cuando esta es dolorosa.
Muchos de nosotros hemos visto, como el avance de la ciudad nos a ido quitando, no solos los espacios colectivos de la memoria, si no algunos propios (Colegios, plazas parques, etc). Que no nos acordamos que casa, que lugar, que edificio, que historias estaban donde ahora solo se puede ver un gran edificio o en su defecto una farmacia.
El tema me trajo a la memoria el Documental “Aquí se construye” de Ignacio Agüero que relataba el proceso de desaparición de la casa para dar un edificio.
En síntesis tenemos memoria, deseamos mantenerla, no queremos olvidar lo pasado y solo necesitamos pequeños objetos que nos recuerden lo que ahí paso.
Preocupémonos de difundir claramente los acontecimientos, depende de nosotros y de nuestra memoria, por que según se sabe la mayoría de la historia de los pueblos solo se construyo y mantuvo de forma oral
Nunca deja de asombrarme de cómo algunas personas logran hacerte ver las cosas desde una perspectiva absolutamente diferente. De hecho, la mayoría de los monumentos en las ciudades pasan desapercibidos después de un tiempo, así que crear una forma de “interrupción” de lo cotidiano (en vez de sólo extenderlo) me parece genial.
No estoy de acuerdo con Tania. Creo que hay monumentos y monumentos. Seguro, en todas las ciudades hay odas al mal gusto o construcciones de simbolismo tan intrincado que el grueso la ciudadanía no las comprende (aquí en Conce hay varias); pero en otros casos marcar un hito para recordar a las personas o situaciones que NO deben ser olvidadas es imprescindible. De hecho, nuestro legado al futuro.
Estupendo artículo
No entiendo el desacuerdo de Francotirador.
Me traduzco: cuando hablo de monumentos, y creo que en mi columna en delarepublica está más claro, estoy pensando en la grandilocuencia con que algunos de ellos son pensados.Con el monumento de la Plaza de Armas mi discusión no es si es feo o es bonito, si es de mal gusto o no, eso lo decide cada persona. Lo que me hubiera gustado a mi es por ejemplo palabra escrita que reconociera al pueblo indígena de alguna forma.
Cuando digo grandilocuencia no estoy pensando en el volumen, el memorial del cementerio por ejemplo es enorme y cumple su objetivo. Creo que particularmente en hitos que tienen que ver con la memoria de un país la grandilocuencia no sirve tanto.
[...] Tal como conversé con una amiga alguna vez, me gustaría que la propuesta final contemple Marcas de la Memoria, que impidan olvidar cuánto sucedió en ese edificio, cuán simbólico es para la memoria de este país un lugar creado por el Presidente Allende para el disfrute cultural de su pueblo y que irónicamente terminó convertido en sede de la feroz dictadura de Pinochet, cuando el Palacio La Moneda era sólo un montón de escombros humeantes. [...]